Los nuevos vecinos

Los nuevos vecinos.


Hacía ya mucho que Julián y María habían enmarcado el sexo en un recuerdo que de vez en cuando brotaba simplemente por necesidad fisiológica. Julián, con 74 años, María 70, y aún se les veía caminar cogidos de la mano por los mismos rincones por los que siempre les gustó pasear.

Simplemente la vida les había conducido por caminos en los que la sexualidad a su edad pareciera desaparecer, aunque a ellos, les siguiesen brotando ideas y juegos. Los dos tenían el mismo pensamiento al respecto, aunque ninguno de los dos se lo comentase al otro. «¿Por qué no hay a penas sexo entre nosotros?»

 

Una tarde de otoño despejada, de esas que invitan a salir a pasear, Julián y María decidieron caminar hasta un río cercano y caminar un buen rato. Justo al salir de su puerta, vieron que en el piso de en frente intentaban entrar tres personas, dos chicos y una chica. No pasarían de los 25 años, Julián peguntó:

– Hola buenas tardes ¿Sois vecinos?

– Sí, acabamos de mudarnos. Vamos a estar al menos un año, es nuestro último año de carrera.

– Estupendo; contestó Julián - Si necesitáis algo no dudéis en llamar a nuestra puerta. Ella es María y yo soy Julián.

– Genial, antes estábamos a las afueras, este piso nos viene mucho mejor. Esperamos no daros mucho ruido, si fuese así por favor no os de corte llamarnos la atención.

– No te preocupes, sois jóvenes, se entiende perfectamente.

 

Y así, Julián y María, después de conocer a sus nuevos vecinos se encaminaron a su paseo por el río.

 

Hacía ya mucho que Julián y María habían enmarcado el sexo en un recuerdo que de vez en cuando brotaba simplemente por necesidad fisiológica.

 

Pasaron como tres semanas en las que  y Alberto, Mat y Alicia, los nuevos vecinos de Julián y María, no habían dado demasiado ruido, hasta que una noche de viernes, después de los exámenes parciales de otoño, decidieron celebrar sus resultados con una fiesta medio tranquila con compañeros de clase.

Metieron a casi 20 personas en el piso, música, bebidas, risas, una fiesta normal a esas edades. Mientras, Julián y María se dijeron el uno al otro - Ya tardaban, hoy habrá que aguantar un poco. Y así lo hicieron, subieron el volumen de  su televisor para disfrutar de su serie favorita y fueron «aguantando el chaparrón».

 

Pasadas las dos de la mañana escucharon cómo poco a poco se iban marchando de la fiesta los invitados hasta que prácticamente solo se escuchaba la música. Entonces Julián y María decidieron encaminarse a la cama a descansar. Era un bloque de vecinos bastante antiguo, en el que casi podías escuchar susurrar al vecino. Casi preparados para dormir, empezaron a escuchar risas del piso de en frente y Julián dijo - ¿Aún no terminan? Voy a asomarme.

Y así lo hizo, abrió un poco la cortina y observó la ventana de en frente. Pareció que Julián había visto un fantasma, estaba quieto, con los ojos como platos. En frente, Alicia, Alberto y Mat se abrazaban, se besaban, se “magreaban”… En ese momento María preguntó - ¿Vienes ya a la cama? ¿Qué haces aún en la ventana cotilla?

– Nada, dijo Julián, pero antes de que pudiese decir nada más, María se había levantado a ver qué miraba su marido con tanta atención.

– Ahí va… echa la cortina Julián que nos van a ver.

 

Y eso hizo Julián, volvió a cerrar la cortina, suspiró, los dos sonrieron y volvieron a la cama. Una vez los dos dentro, ninguno de los dos podía quitarse la imagen de sus jóvenes vecinos dando rienda suelta a su deseo. Ojos como platos, y de fondo, risas, gemidos… - Acercaos más, quitaos los pantalones y dejadme disfrutar un poquito de vosotros.

 

Julián, boca arriba en la cama, observó su calor interno, su deseo salía por todos los poros de su piel. Llevó su mano hacia su entrepierna y descubrió una erección que ya casi no recordaba. María, igual de insomne que Julián, se dio cuenta del gesto de su marido. Se observó ella misma y comprobó que su sexo, su cuerpo entero pedían a gritos caricias. Por eso, se volteó hacia Julián, y llevó su mano hacia el pecho de su marido. Poco a poco la fue bajando hasta encontrar la erección de Julián. Fue entonces cuando casi en la oscuridad, se observaron, sonrieron, y comenzaron a besarse como hacía tiempo que no lo hacían. La química, la pasión, la bendita improvisación guiada por su deseo hacia su pareja, invadió de nuevo su pequeña habitación. Se sentían plenos, felices, un poco más torpes quizás, pero con un punto de “juguetones” que acababan de descubrir.

En frente, Alicia, Alberto y Mat se abrazaban, se besaban, se “magreaban”… En ese momento María preguntó - ¿Vienes ya a la cama?

María, como una cría haciendo “algo malo” preguntó a Julián - ¿Abrimos las cortinas? A nosotros con la luz apagada no se nos ve. La cara de Julián se asombró tanto como sonrió. Se deslizó silenciosamente hasta la ventana y abrió muy poco a poco las cortinas, como si el telón del teatro se abriese dando paso al primer acto de “la obra”.

 

De nuevo junto a María en la cama, los dos observaron a través de su ventana, descubriendo un lado “voyeur” que hasta ese momento no conocían en ellos mismos. Al otro lado de la ventana, Alberto y Alicia hacían un “69”, mientras que Mat, arrodillado en la cama frente Alicia, sumaba su sexo al de Alberto, dándole a ella “dos juguetes para entretenerse”.

 

María, llevada únicamente por su instinto bajó su cuerpo hasta la polla de su marido y comenzó una felación suave y pausada. Su boca se le hacía agua llevada por el deseo, su lengua recorría cada milímetro del sexo de su marido, como volviendo a reconocerlo. Lamió despacio los testículos de Julián mientras con su mano derecha acariciaba su polla erecta.

 

– Cariño, ven aquí, sobre mí, quiero ver tu espalda. Dijo Julián “al borde del precipicio”. Y eso hizo María, con calma, montó a su marido de espaldas, se metió su polla, y comenzó a bailar dulcemente sobre su marido. Sus caderas bailaban al ritmo de la música que aún quedaba sonando en el piso de en frente. La habitación se llenó de jadeos furtivos, de voces contenidas en un medio silencio que pretendía que no fuesen descubiertos.

 

Continuaron observando por la ventana como dos “delincuentes” como Alicia, Alberto y Mat gozaban desinhibidos. Mat se había colocado boca arriba en la cama y Alicia lo “cabalgaba” mientras que su boca se llenaba con la polla de Alberto, de pie frente a ella.

 

Julián sintió entonces unas irrefrenables ganas de esconderse entre las piernas de María. La tendió sobre la cama, y dio rienda suelta a su deseo. María cogió con suavidad la cabeza de su marido, entrelazando sus dedos en sus cabellos, apretando y guiando a Julián mientras él se deleitaba por cada rincón de la vulva de su esposa. Pareciera que su lengua, sus labios acogían a un ser querido al que no se ve desde hace tiempo. Estuvo entre las piernas de su mujer un buen rato, hasta que ella, tirando suavemente de su cabello lo condujo de nuevo sobre su cuerpo pidiendo sin hablar que de nuevo la penetrase. Y así lo hicieron, abrazados, en un dulce vaivén, acompañando sus jadeos con los de sus vecinos.

 

Al terminar todo, Julián y María quedaron dormidos abrazados, casi hechos un solo ser. Aquel año, con sus nuevos vecinos, resultó ser el año en el que Julián y María decidieron escucharse el uno al otro en cuestión de sexo, dejando fuera de esa conversación a cuantos quisieran imponerles prejuicios u opiniones. Su sexualidad siempre estuvo ahí, y vaya si la siguieron disfrutando.

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