Locura entre tus brazos

elvira y su fantasia

LOCURA ENTRE TUS BRAZOS 


 

Se debate con las sombras efímeras de su habitación blanca, sus ojos idos no dejan entrever lo bella que fue en su día, su pelo mal cortado y su rostro demacrado a base de medicación te dejan un profundo pesar.

Él la observa cada día desde la minúscula abertura de su puerta, es lo único que la une con la realidad, esa realidad que perdió hace ya tiempo de tanto amor, deseo y descontrol…

Son sus rondas lo que cada noche él desea fervientemente solo por poder vislumbrar por esa pequeña obertura a la mujer que le quita el aliento, él si ve en ella lo que un día fue ni sus insufribles delirios ni sus actos reflejos de loca pueden evitar que él lea en sus ojos la verdad de esa bella mujer.

Esa noche la encuentra en una esquina de la habitación con la cabeza gacha su pelo cae enredado sobre sus ojos brillantes y perdidos en alguna parte de su ahora realidad. Ha sufrido otro brote está medio sedada y la camisa de fuerza abraza su piel blanquecina por el tiempo que hace que no ve ni siente el calor del sol.

Él entiende su dolor, un amor que la mancillo hasta el punto de la degradación la dejó allí postrada al olvido de aquel que dijo algún día amarla, ella perdió su cabeza en pos de un amor injurioso que no le aportó más que una locura desmedida y la pérdida de un hijo deseado por ella y repudiado por él.

Se sienta apoyando su cuerpo en la puerta mientras la observa balbucear incoherentes monosílabos a través de la pequeña obertura, la ve muy mal…su locura le está atrapando.

Nunca había ido más allá de admirar a esa mujer, pero esa noche algo le hizo tener deseos de hablar con ella de que sus palabras le sirvieron de aliento, que su voz le transportará a la realidad…

– Sara preciosa no poseo el don de la palabra, solo soy un vulgar celador que hace sus rondas nocturnas por estos pasillos sombríos desde hace cinco años Y desde hace uno tú estás en esta habitación y yo me paro cada noche a observarte. 

Suspira y vuelve a observar a Sara dentro de su habitación. Ella ha desviado su mirada hacía la puerta eso  le anima  a seguir hablando, por lo menos un rato más.

– Quizás es irónico por donde estamos y puede sonar una locura lo que voy a decirte, pero yo veo a la Sara que un día fuiste, se que es dura tu historia pero no creo que tu mundo deba de acabar entre estas cuatro paredes a mí me encantaría pasear contigo, tomar un café, hablar de cosas sin sentido…

Esas conversaciones se empezaron alargar en el tiempo. Cada noche habla con Sara de cosas banales sin sentido,  ya no sufre tantos episodios psicóticos y cada vez se acerca más a la puerta para poder oír la voz de ese hombre que le da una paz que creía perdida hace tiempo.

Con los meses  siente más cercanía y la proximidad de Sara ya es evidente pues se sienta espalda a espalda con David a través de la fría puerta.

Las atenciones de David y su dulce voz empiezan hacer efecto en la mente de Sara abriendo un resquicio de lucidez.

– ¿Por qué?- Le dice una noche ella. 

– Porque me siento atraído por ti, dentro de este edificio de locos, tú eres mi locura particular. La que cada noche hace que venga alegre a un trabajo que la mayoría de veces te provoca una sensación de desasosiego…

-¿No me conoces?-Le responde a través de la fría puerta.

-Te conozco. Conozco cada parte de tu cuerpo el cual he admirado noche tras noche a escondidas por la pequeña ranura que nos separa. Esos ojos en los que me he perdido mientras tú divagabas tus sinsentidos.

Conozco esa manía tuya de enredar tu mechón de pelo entre tus dedos. Conozco esa risa histriónica de la cual alardeas en tus momentos más lucidos.Te conozco Sara, por qué te veo más allá de la imagen de mujer más allá de un reflejo de lo que fuiste.

David marchó esa mañana con la agria sensación de las horas que aún faltaban para ver a Sara.

Sara en su pequeña habitación esa mañana soñó al caer rendida por el agotamiento;

 

Se imaginó a David;

Solo sabía de cierto que era un hombre corpulento así lo mostraban sus manos cuando la noche anterior  él la pasó entre la apertura y rozó levemente su cabello ahora más largo por el paso del tiempo.

Ese leve roce despertó en ella algo que tenía aletargado en su incapacidad de gestionar sus sentimientos.

Deseó en su sueño que David besará unos labios olvidados y que acertara a dibujar caricias en su cuerpo con sus manos rudas, el deseo ferviente crecía en su cuerpo acompasado por un pensamiento; la mano de él en su sexo excitado…

 

Esa noche llegó apresurado por ver a su pequeña Sara.

Sara ya hacía semanas que salía al patio y en breve la trasladarían a una habitación normal, su mejoría era previsible y los Psiquiatras ya pensaban en seguir su tratamiento de depresión crónica e intento de suicidio desde su consulta exterior, eso a David le perturbaba, perdería de vista a la preciosa Sara pero aún así se alegraba de que ella pudiera volver a vivir una vida de la cual era merecedora.

En su ya más que acostumbrada ronda, dejó todo listo para acercarse con tranquilidad a la puerta. Su consternación aunque él la ocultará era inevitable, él la amaba ¿Pero ella?

Esperaba impaciente a David, acercaba su oído a la puerta para poder escuchar sus pasos, esa noche estaba más nerviosa de lo normal una extraña excitación invadía a su reclamado cuerpo, estaba despertando y ella lo sabía.

Se tumbó en su pequeña cama intentando acompasar su respiración con sus latidos y sus manos temblorosas, el obsequio que estaba a punto de regalar a los ojos de David eran su forma de demostrar que ella también sentía lo mismo por él, otra locura más para poner en su largo y detallado informe médico.

Desnuda sin nada más que su piel por compañía y su sexo húmedo se tumbo a esperar.

 Sé paro frente la puerta, su nerviosismo era evidente pero no quería que ella se sintiera culpable, él la amaba, sí, pero eso no era de imposición para ella. Se asomo para ver donde se encontraba Sara en la habitación, sus ojos quedaron prendidos de la imagen que la mujer le estaba otorgando y su miembro despertó apretando contra su pantalón.

Miro a un lado y otro del pasillo, nadie a la vista que entorpeciera ese momento.

Lo escuchó llegar cerró sus ojos, sabía que la observaba podía sentir la respiración  a través de la puerta, podía percibir su excitación y eso hizo que ella se mojara aún más, sus manos acariciaban su cuerpo exudado atrapando la esencia que un día perdió, por qué no eran sus manos si no las de él, las que acariciaban cada centímetro olvidado de una piel ávida de un anhelo encontrado.

 No dejaba de observar cauteloso como Sara se entregaba de esa manera tan excitante, su miembro deseaba salir de allí y correr en busca de la cavidad de Sara, penetrar con pasión y perderse en ella.

Sara salió dos meses después de aquel encuentro nocturno con David, se sentía resplandecer, viva otra vez y feliz por momentos.

Las noches a David se le hacían eternas sin Sara en aquel lugar, pero a la vez se sentía feliz de poder regresar cada mañana y encontrarse a esa bella mujer entre sus sábanas.

 

Porque ya las mañanas no son iguales…

 

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