La reconciliación

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Relato erótico parejas.

Una reconciliación muy tórrida.

 


Hacía varios meses que no veía a Rubén. Desde aquella última conversación en la que me dejó bien claro que era un “todo o nada” y que si no quería estar con él en serio y no teniendo sólo sexo esporádico, en mi bandeja de whatsapp no entraba ni un mísero mensaje suyo.

Sin embargo, esa distancia que él absurda mente había puesto por medio se acabó de la manera más tonta: en la fiesta de despedida de un amigo común.

Obviamente, no quedamos para ir juntos ni para encontrarnos allí. Éramos como una especie de desconocidos.

Tenía mis dudas acerca de que apareciera pero, finalmente, cuando entré por la puerta del salón de nuestro amigo ahí estaba él, imagino que con la misma sensación extraña que yo.

Estaba realmente guapo y, al saludarnos, pude notar cómo la atracción seguía existiendo. Esos ojos seguían mirándome de la misma manera que antes y continuaban desvistiéndome como meses atrás.

Cruzamos las típicas palabras de dos amigos que llevan bastante sin verse, una conversación de lo más intrascendente.

Cuando, por unos minutos, nos quedamos más o menos solos, paramos ese diálogo vacío y me insinuó que se arrepentía de haber sido tan tajante porque realmente estábamos “bien” y no había razón por la que ser tan drástico.

Me pareció tan coherente que no me salió ni un reproche.

Así que solo le dije: -“¿Amigos?”, y nos fundimos en un caluroso abrazo.

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Creía que me había olvidado de su olor y de esos brazos fuertes que, cuando me rodeaban, me hacían sentir tan bien. Pero no, todavía lo recordaba.

Y vinieron a “interrumpir” nuestra sincera reconciliación otros amigos, por lo que aproveché para ir al baño. Cuando terminé y abrí la puerta ahí estaba él, esperando.

Nos sonreímos sin saber qué hacer. Allí no había testigos de ningún tipo, el pasillo estaba oscuro y estábamos ajenos a cualquier ojo indiscreto.

Me aparté para dejarle pasar y, como si se tratara de una cámara lenta, sin dejar de mirarnos y pensando probablemente lo mismo, fue entrando y casi cerrando la puerta del lavabo como si realmente no quisiera hacerlo.

No pude contenerme y me lancé hacia él, a sus labios, que me recibieron como yo esperaba.

Sin dejar de besarnos, cerramos, ahora sí, la puerta con pestillo.

Nuestras lenguas bailaron acaloradamente y yo fui directamente a su cuello, pues no se me había olvidado de que lamérselo suavemente le ponía a mil.

Tenía ya una erección importante que traspasaba sus pantalones.

Él me bajó los tirantes de la camiseta y comenzó a chuparme el escote y luego los pechos, sin dejar de masajearlos activamente como si los hubiese echado mucho de menos. Mientras, yo deslizaba la cremallera de sus pantalones en busca de ese miembro que tantas veces me había hecho gozar.

Lo masturbé como sabía que le gustaba y él seguía hundido en mis senos.

Su respiración empezó a entrecortarse y a ser más ruidosa.

Él, entonces, me desabrochó mi pantalón corto y descendió con sus dedos hasta mis partes íntimas que estaban esperando abrirse para él. Me masturbaba al ritmo que yo le frotaba su pene, y nuestros jadeos se fundían en uno solo.

Usé la bañera para apoyarme y abrí las piernas hasta dejar al descubierto un clítoris que se iba envalentonando cada vez más. Conduje su falo hasta la entrada de mi vagina. Accedió lentamente porque el chico tenía un tamaño considerable.

Su pene entraba y salía con dificultad debido a la postura, ya que aunque teníamos un punto de apoyo, no estábamos del todo cómodos.

Aun con todo, la situación me excitaba enormemente. Desafortunadamente, cuando llevaba unos minutos penetrándome a oscuras, empezaron a llamar a la puerta.

Normal, era el único servicio de la casa.

Con el calentón encima nos tocó finalizar la faena, volver a vestirnos y aparentar normalidad cuando salimos ante un montón de miradas divertidas.

Eso sí, terminarla por el momento. Por supuesto, se trataba de un punto y seguido.

 


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Escrito por Anónimo.

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