La danza de Rati

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La danza de Rati


 

Quedaba muy poco para que el despertador sonase. Aún andaba entre los brazos de Morfeo y el calor de las sábanas. Me gusta mucho ese sitio, me siento capaz de cualquier cosa.

 

Me hubiese quedado allí «dormitando» hasta medio día, pero algo me impulsó a abrir los ojos y observar. Entonces lo vi, ahí estaba, como cada mañana desde que decidimos caminar juntos. Bocarriba, su expresión era tranquila, casi esbozaba una sonrisa. Una mano sobre el pecho, la otra al borde de la cama y, qué preciosidad, tenía una erección tremenda, algo bonito debía estar soñando. Decidí que aquella visión tan bonita estaba allí para mí, como un regalo de la mañana. Así que decidí que no lo iba a despertar, simplemente le miré, a todo su ser inundado de energía, abrí mis piernas en silencio, sin tocarle, bajé mis manos con cuidado y comencé un suave masaje que se fue convirtiendo en intenso a medida que entre mis dedos notaba más y más humedad. En ese momento hubiese mandado todo a la mierda y me hubiese montado encima de él. Una parte de mí quería sentir aquella preciosidad erecta en mi interior, pero me contuve, apreté un poco más los dedos sobre mi clítoris inundado, y subí el ritmo de aquella pequeña danza tan placentera. Logré correrme sin emitir un sólo sonido, me costó, pero sentí una calma tan bonita al respirar allí a su lado…

 

Entonces la rutina llamó a la puerta del dormitorio en forma de despertador cruel y desalmado, y pensé — ¿Por qué…? — Abrió sus ojos y me miró. Me sentí como una niña pequeña a la que casi pillan haciendo una trastada, me guardé aquella travesura para mí.

 

La ducha terminó de meterme en el día, pero algo, una sensación muy rica, se había quedado conmigo. En el cuarto de baño lo miraba mientras cogía su turno en la ducha y sin saber desde dónde, me sorprendí a mí misma con una expresión de deseo que hasta el momento no había tenido el placer de tener.

 

Café, tostadas y un beso — Nos vemos esta noche directamente en el taller — me dijo desde la puerta antes de cerrarla. Aquella tarde habíamos cogido plaza para un taller de trance con percusión, sin aditivos. Se trataba de conectar con nuestro centro energético mientras danzábamos al son de un grupo de percusión. Nos pareció original, y por eso teníamos esa fecha cogida desde hace más de un mes.

 

Aquella mañana en la tienda la recordaré siempre por lo inquieta que me encontré. No una inquietud de malestar, más bien un calor interior al que no podía dejar de prestar atención. Menos mal que aquella mañana todo el mundo parecía necesitar fruta, y no paré hasta la hora del cierre. Entonces, cuando cerré las puertas y me dispuse a cerrar la caja, sin saber el motivo me comencé a fijar en las zanahorias, grandes, pequeñas, largas, gruesas… Con el aire acondicionado puesto no era capaz de apagar aquel fuego, así que me pellizqué y corrí hacia la caja para cerrarla y respirar algo de aire fuera de aquel sex shop ecológico.

 

¿Pero qué me estaba pasando? ¿Qué había sucedido aquella mañana? Me lo preguntaba mientras andaba hacia la moto, pero intentar averiguarlo lo único que hacía era meterme más en aquel calor tan rico, así que le quité el candado a la moto, me ajusté el casco y dejé que el aire intentara refrescar todo aquello.

 

Al llegar junto al lugar del taller busqué un poco de sombra para la moto. Mientras le colocaba otra vez el candado observé como en el bar junto a la sala, charlaban y reían mientras bebían los que parecían ser los músicos para el taller. Con ellos la chica que lo organizaba y otra mujer que debía rondar los cincuenta, pero que con sólo mirarla de refilón cualquiera diría que era increíblemente bella. Transmitía paz en sus gestos, sensualidad en la mirada. Allí como una idiota mirándola, ella se percató y por un segundo cruzamos las miradas. Yo bajé la mía a la vez que respiraba agitada como si hubiese llegado de correr una maratón. Terminé por fin de cerrar aquel candado que llevaba meses queriendo cambiar, y entré en la sala.

 

Siempre puntual, no falla, allí estaba, con el folleto del taller en la mano, escudriñándolo — Has llegado antes ¿No? — Le dije como siempre que quedamos en algún sitio — Sí, tenía muchas ganas de llegar y hablar con la organizadora. Me ha presentado a los músicos, son una especie de ONU. Hay brasileños, turcos, senegaleses, suecos… — A lo que respondí casi de manera automática — ¿Y la mujer? — Se llama Rati, es hindú. Por lo visto hace como de guía al principio del taller — Y a mí sólo se me quedó su nombre, Rati.

 

Éramos ya muchos en la entrada de la sala, así que nos hicieron entrar. Noté como olía estupendamente a rosas, a flores. Nos hicieron sentar en dos círculos y nos vendaron los ojos. Nosotros quedamos en el círculo interior y pensé que quizás estábamos demasiado cerca. Fui a comentarle que nos cambiásemos, pero sentí que aquel sitio estaba estupendo, así que no abrí la boca.

 

En el centro estaban todo tipo de tambores y percusión. La organizadora salió al centro y nos pidió que juntásemos las manos — No os quitéis la venda hasta que os lo digamos ¿De acuerdo? — Pues vale, pensé mientras hacía trampa y miraba de tapadillo cómo se colocaban los músicos. Todos a pecho descubierto, serían unos siete u ocho. Unos más altos, otros más bajos, fuertes, con unos brazos en los que se podían leer todos los años que llevaban golpeando aquellos instrumentos tan voluminosos. Entonces apareció Rati, descalza, con una tobillera de campanillas en cada tobillo y un vestido de gasa semi transparente que sin duda parecían haberle hecho exclusivamente a ella.

 

Aquel fue el momento del inicio de todo. Rati nos pidió que respirásemos profundamente con ella. Así lo hicimos al menos durante un minuto hasta que, con un leve sobresalto, escuchamos el timbal más grande acompañado de un gong en el fondo que cada vez se hacía más presente. Aquel golpe de timbal fue tan grave que su sonido penetró en mí desde la coronilla hasta mi vientre. Pareció como si aquel golpe hubiese llamado, abierto, o activado de nuevo todo ese calor que me acompañaba desde la mañana.

 

Respiré profundo mientras ese golpe de timbal se multiplicaba en una cadencia lenta y armoniosa. El gong lo inundaba todo, se unieron poco a poco más tambores y timbales, un palo de lluvia… Para entonces yo ya estaba a medio metro del suelo, pensando que las dos personas a las que les cogía las manos me iban a llamar la atención en cualquier momento por lo fuerte que les apretaba.

 

En ese momento Rati dijo — Soltad las manos sin quitaros la venda y dejad que vuestro interior, vuestro cuerpo se exprese — A lo que le siguió el sonido profundo de un Didyeridú. El trance ya estaba en marcha. Jamás me había sentido tan lejos de todo, tan cerca de mí. Comencé a mecerme suavemente de izquierda a derecha; Rati comenzó a cantar un suave mantra que decía — KAMADEVA RATI — El calor era en ese momento tan intenso que se convirtió en insoportable, y sin pensármelo dos veces me quité la blusa…

 

Tras unos segundos de trance incendiario, escuché a Rati justo a mi espalda — Llevad vuestra respiración al ritmo de la música — Y así lo hicimos. Entonces escuché un leve susurro en mi oído izquierdo — Levanta y ven conmigo.

 

No me lo pensé dos veces, me puse en pie, Rati me cogió de la mano y me condujo al centro de la sala, al menos esa fue mi sensación — Baila conmigo — Me dijo mientras se colocaba a mi espalda e iniciaba ella un vaivén para darme a mí el comienzo. Cogió mis manos, las alzó mientras danzábamos y suavemente las bajó hasta mi vientre. Susurró de nuevo tras de mí — Siéntelo, disfrútalo, déjalo salir — El pulso ya ni lo sentía, bajó poco a poco sus manos unidas a las mías hasta mi coño… Suspiré levemente y dejé que ella marcara el ritmo. Muy suave, firme, haciendo círculos. Ya no quedaba nada de mí en aquella sala, sólo mi cuerpo, sintiendo.

 

La humedad de mi coño había desbordado mis braguitas. Rati me soltó las manos, se separó de mi espalda y me dejó acariciándome a mí sola. Puso sus manos en mis caderas, metió los dedos bajo el elástico de mi falda, de mis braguitas, y mientras yo seguí bailando me las quitó. Me abrazó de nuevo por la espalda, cogió mis pechos con dulzura y me dijo — Ahora… a bailar de verdad — Quitó el broche de mi sujetador y me dejó completamente desnuda.

 

Qué placer tan intenso, sensación de éxtasis continuado. No quería que aquello terminase nunca. Seguí unos minutos acariciándome y bailando hipnotizada con los ojos vendados, hasta que de nuevo la escuché detrás de mí — Siéntate sobre tus talones y continúa bailando — Así lo hice. Me senté en seiza, tal como me dijo. Noté cómo ella se sentaba también frente a mi y… Dios, unió sus labios a los míos en un beso tan suave como lujurioso.

 

Cuando terminó noté dos manos diferentes sobre mis hombros, una en cada. Seguí con mis manos los brazos que acompañaban a aquellas manos, llevada por el trance de aquella maravillosa música. Llegué con ellas hasta dos piernas de hombre. Las acaricié despacio palpando cada curva, hasta que caí en la cuenta de que estaban desnudos. Acerqué mis manos al centro de cada uno de los hombres que en ese momento me flanqueaban, y cogí sin pensármelo sus dos pollas erectas. Las hice bailar a mi ritmo, muy despacio. La sala respiraba sexo en aquel momento, escuchaba jadeos, gemidos, y de pronto, mientras acariciaba aquellas dos pollas sentí algo delante de mi boca. No sé si fue el instinto, pero abrí la boca y saqué la lengua para averiguar qué tenía delante. Era otra polla, la recorrí con mi lengua de extremo a extremo y me la metí en la boca muy despacio.

 

Decidí entonces dedicarme a ella, solté las otras dos, y comencé a usar mis manos para acompañar a mi boca en aquella deliciosa felación. En ese momento los dos hombres a los que había acariciado hasta ese momento se agacharon junto a mí y comenzaron a acariciar suavemente todo mi cuerpo. Escuchaba sus respiraciones apresuradas mientras yo seguía deleitándome con aquella polla tan deliciosa. La saliva se desbordaba de mi boca en señal de “apetito”, una y otra vez me la metía hasta dentro, sintiendo como mi lengua la recorría, y la volvía a sacar.

 

Mis dos nuevos amigos abrieron mis piernas, uno de ellos se colocó debajo de mí y con sus manos me sentó sobre su boca. Sentí como mi vagina se abría al paso de su lengua, gemí con la polla de mi otro amigo en mi boca. En ese momento los gemidos y jadeos de la sala parecía que hiciesen de coro a la percusión, cada vez más intensa. El volumen de la música subía junto al de los jadeos, caricias y gemidos que mis amigos me regalaban.

 

Sin previo aviso, el hombre al que lamía la polla se apartó. El que tenía debajo de mí, recorriendo mi coño de principio a fin con su boca, salió del arco de mis piernas y se metió más hacia adentro. Me cogió por las caderas y me sentó literalmente sobre su polla. Me entró con suavidad e intensidad, comencé a bailar sobre ella, hacia los lados, arriba, abajo, dentro, más dentro. Estaba llena, plena de placer por cada poro de mi cuerpo.

 

Mis dos amigos anteriores volvieron a acercarse, los noté porque sus manos volvieron a saludarme. Uno de ellos echó mi cuerpo hacia atrás, apoyé las manos en el suelo y seguí follándome al compañero sobre el que estaba sentada. Uno de ellos llevó su mano hasta mi clítoris y comenzó un baile maravilloso que me llevó al siguiente nivel. Parecían no querer dejarme llegar al orgasmo, pero sí mantenerme en un estado de plenitud, en el que precisamente estaba. El otro compañero que antes me recorrió con sus caricias se colocó a mi izquierda, puso su mano en la parte trasera de mi cabeza y acercó su polla a mi boca. Inundada de placer, hipnotizada por la música, con un hombre acariciando mi clítoris mientras me follaba a otro debajo de mí, abrí la boca y dejé que mi nuevo compañero la usara para su “beneficio”. No sabía dónde debía acudir mi atención, a mi boca, llena, a mi vagina, completa, o a mi clítoris, que me mantenía literalmente levitando.

 

Un nuevo cambio, mis 3 compañeros me llevaron hacia adelante dejándome por un instante con sólo uno de ellos, el que ocupaba mi vagina. Mi cuerpo me pidió entonces un orgasmo, pero antes de que pudiera llevar mi mano a mi clítoris, sentí como acariciaban dulcemente mi ano. Sentí un escalofrío de placer desde los pies a la coronilla. Sin esfuerzo alguno tenía metidos dos dedos en el culo que me estaban volviendo loca. Bailé, bailé y bailé mientras gemía de gusto con aquellos dedos en mi culo y aquella polla en mi vagina.

 

Los dedos dieron paso a una polla que, primero tocando mi ano, pareció pedir permiso para entrar. Entonces alargué mi brazo hacia atrás todo lo que pude, alcancé al hombre colocado tras de mí, y lo empujé hacia adentro… — Mmmmmm — Gemí. Ya no sabía hasta donde más podía llegar aquel placer, aquel gozo tan inmenso, y el tercer compañero volvió a cogerme la cabeza para que continuara chupándosela.

 

Aquel momento estaba rodeado de tal sensualidad, erotismo, lujuria, ritmo… En un momento dado saque aquella polla de mi boca, la agarré fuerte con la mano y comencé a aumentar el ritmo con el que me metía aquellas dos pollas. Era yo la que mandaba, era yo la que requería el gozo y al mismo tiempo hacia gozar a aquellos tres amigos. El aumento de mi ritmo los hizo aumentar a ellos también, me apretaron contra ellos, mi respiración se descontroló, grité, volví a meterme aquella polla en la boca y… — ¡Aaaaaaaahhhhhhh! — Caí por el precipicio del orgasmo mientras mis compañeros seguían bailando en mi interior, cada uno en su sitio.

 

Temblé un par de veces, salí de aquel triángulo, y me quedé en posición fetal, sintiendo como aquel orgasmo daba vueltas por mi cuerpo.

 

La música fue bajando la intensidad, escuché de nuevo a Rati susurrarme al oído — Levántate, ven conmigo — Eso hice. Me condujo, creo que de nuevo a mi primer sitio, y me sentó. La música volvió a subir por un instante y paró de golpe con el mismo timbal y el mismo gong del principio. Silencio, respiraciones atropelladas de fondo, y una voz que nos dijo — Podéis quitaros las vendas.

 

Me quedé perpleja, a mi lado no estaba Santi. Lo busqué con la mirada y lo encontré en la misma situación, buscándome con su mirada. Estaba en el círculo de fuera. Abrió los ojos en señal de asombro, sonreímos.

 

Todos nos levantamos. Llegué hasta Santi y lo besé con fuerza. Los músicos y Rati volvieron a salir, sonrientes, ella dijo — ¿Qué ha pasado? ¿Quiénes eran los que estaban hace unos minutos con los ojos vendados? Ahora, simplemente, bailad.

 

Y eso hicimos, bailamos durante toda aquella noche.

 

la danza de rati

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Quizás aún no sea tarde para el ser humano.
Tal vez logremos, a base de caricias, gemidos y jadeos, romper todas las cadenas que nos encierran.

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