Hotel deseo

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Sentada, con la mente en blanco. El cuerpo yacía sin fuerzas en mi viejo sofá.

Había sido una semana de duro trabajo. Las preocupaciones me invadían. Me encontraba en una encrucijada de varios frentes abiertos

Tenía que tomar muchas decisiones que emocionalmente me perturbaban. Sentía que mi estabilidad se fragmentaba segundo a segundo.

Cerré los ojos para poder disfrutar del silencio de mi casa. Necesitaba alejarme de toda aquella mierda. Quería sentir la soledad y la ficticia tranquilidad que acontecía en aquel preciso momento y lugar. 

Sentía como mi respiración comenzaba a oxigenar todo mi ser.

Como cada inhalación de aire calmaba aquella turbia ansiedad. Cada uno de mis músculos se fundían con el material suave de aquel sofá hasta el momento que…

Me encontraba tras aquella puerta a punto de tocar el timbre. Retoqué mi larga melena negra, me acomodé el estrecho vestido rojo y tomé aire, contar de 10 hacia el 1 cuenta atrás y toqué el timbre de aquella habitación de hotel.

Era un ritual cada vez que tenía una noche de sexo.

Tras el umbral de aquella puerta apareció un señor de mediana edad. Pelo canoso y ojos celestes como el océano. Llevaba un pantalón de pinzas azul marino y camisa blanca.

Nada más verme con una enorme sonrisa me invitó a pasar. La habitación de aquel hotel era maravillosa. Tenía un amplio ventanal que ponía a nuestros pies la inmensidad de la ciudad.

La luz era tenue y un ligero olor a canela ponía el broche a toda aquella estampa.

En el escritorio de la habitación estaba un portátil encendido con las búsquedas de Google abiertas.

Al hacer click en el enlace pude ver como se abría nuestra web. Se dio cuenta rápidamente que me había fijado en aquel detalle y se acercó a mi lentamente y con voz dulce me dijo:

 

  • Sin lugar a duda eres la chica más preciosa de la página. Cuando vi tu foto, supe rápidamente que quería verte, y ahora estás aquí ¡Eres un sueño!

 

Nunca te acostumbras a algunas cosas que te pueden suceder a diario. Siempre las emociones y sensaciones con cada hombre son totalmente diferentes.

Me invitó a tomar una copa de vino que tenía ya muy bien preparada en una de las mesas de noche. A sentarme junto a él en el borde de la cama.

Frente a nosotros teníamos la ciudad totalmente iluminada.

Javier, que así es como se llamaba aquel apuesto hombre, me pidió que me pusiera de pie frente a él. Quería contemplarme con el brillo de la ciudad.

Yo me incorporé y me coloqué frente a él con mi copa aún en la mano. Con un gentil gesto me retiró la copa de mi mano.

Lentamente desabroché la cremallera lateral de mi vestido y lo dejé caer sutilmente al suelo. Allí me quedé, frente a él. Llevaba un conjunto rojo de lencería a juego con aquel vestido que se había desvanecido por mis caderas hasta caer todo el pecado al suelo. Mis medias negras estaban sujetas por un ligero.

Los ojos de Javier se encendían en deseo. Sin mediar palabras podía saber a la perfección cada antojo de su libido. Con suavidad desabroché mi sujetador mostrándole mis pechos.

Pude sentir como la respiración de Javier se agitó al ver mi pecho al desnudo. Pero continuaba en silencio observando cada uno de mis movimientos.

Me giré lentamente y me quedé de espalda a él. En ese momento sentí sus manos en mis caderas. Me agarró con mucha delicadeza y arrastró mi cuerpo hacia el suyo.

Me sentó en su regazo. Retiró mi larga melena azabache y comenzó a olerme el cuello, mientras sus manos acariciaban mi espalda.

Por un momento sentí como aquel hombre sabía como tocarme. Sabía a la perfección los puntos cardinales de mi placer.

Lentamente sus manos recorriendo mi vientre hasta subir a mis pechos. Tras de mí estaba el placer. Las manos de Javier masajeaban mis pechos con una dosis sublime de deseo.

Abrió mis piernas entre las de él, y sin dejar de acariciar mis pechos, con su otra mano, comenzó a bajar hasta mi entre piernas. Yo sentía como iba humedeciéndome poco a poco, y él también lo sabía, cosa que lo estaba volviendo loco de deseo.

Sutilmente apartó un poco mis braguitas y pudo acariciar mi clítoris ya totalmente mojado por la presencia y caricias de aquel apuesto hombre.

Mi espalda se comenzó a curvar debido a aquella maravillosa sensación.

Justo en ese momento Javier me pidió que me levantara y terminara de desnudarme por completo, quería verme completamente desnuda.

En silencio, sin perder de vista aquellos maravillosos ojos celestes obedecí a sus órdenes.

Allí me encontraba, con la luz de la ciudad alumbrando mis curvas, totalmente desnuda para él, complaciente a su pasión.

Javier se desnudó y se acomodó en la cama con varias almohadas tras aquel precioso cabecero de madera maciza. Me pidió que me subiera de pie a la cama y que me acercara a él.

Estaba justo encima de él.

Si miraba hacia abajo podía ver aquellos hipnóticos ojos reclamándome pasión y lujuria. Agarró con sus largas manos mis nalgas y comenzó a lamer todo mi sexo ¡Tuve que sujetarme a la pared!

Sus carnosos labios eran una maravilla en mi clítoris. Su lengua húmeda hacía que brotara un torrente de deseo por mis muslos. Las piernas casi me fallaban por aquella sensación. Por un segundo Javier dejó mi sexo y me susurró mirándome a los ojos:

  • ¡Qué rico beberte, me tienes muy excitado! – susurró con su voz varonil y firme.

 

Me volvió a sujetar por las caderas y me bajó lentamente sobre su pene erecto. Ambos estamos preparados para sentirnos. Nuestros cuerpos lo estaban deseando.

Nada más sentarme en el regazo de Javier, pude sentir su miembro totalmente erecto. Agarró con su mano su miembro y comenzó a juguetear en mi clítoris.

Tenía su cara frente a la mía, y veía como me deseaba, como tenía la necesidad de meterse dentro de mí, pero sabía que quería perturbarme con aquel juego.

Estaba siendo un villano encantador.

Me estaba haciendo sufrir, pero a la vez me estaba haciendo gozar.

Introdujo un dedo dentro de mí y comenzó a masturbarme a la vez que se masturbaba él. Mis jadeos comenzaron a subir el tono, al mismo ritmo que los de él. Sin previo aviso se introdujo dentro de mí.

Agarró con fuerzas mis caderas para marcar el ritmo de estas. Los vaivenes de mi cintura azotaban con rabia el deseo que ardía en mi interior. Sacudía con fuerza mis muslos para sentir a Javier dentro de mí.

Javier chupaba mis pechos sin soltar de zarandear mis caderas. Todo mi interior vibraba de placer. Podía sentir como el miembro de Javier se dilataba a la vez que las paredes de mi vagina se contraían.

Éramos una máquina perfecta en la misma dirección. Juntos hacia un orgasmo que se acercaba ferozmente. Los gemidos, la respiración y las gotas de sudor de nuestros cuerpos amenazaban a un final apoteósico.

Javier apretó con fuerzas mis caderas, dejando sus uñas clavadas en mi piel. Se escapó un tórrido gemido de sus labios sin dejar de mirarme. Esa sensación me hizo irme por completo. Sentí como mis muslos chorreaban placer, como mojaba toda mi entrepierna y me corría junto a Javier…

Agitada abrí los ojos. Tenía mis manos dentro de mi entre piernas. Mis dedos estaban húmedos y yo estaba sudando. Miré a mi alrededor y allí seguía, en mi sofá, descansando de aquella estresante semana…

Sacia


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La mirilla de Cupido

Soy Nass Marrero, educadora infantil, educadora social y terapeuta de parejas y emocional.
Llegué a descubrir el mundo de la sexualidad digamos que de “casualidad”. Me ofrecieron en una boda
trabajar en un Sexshop mientras terminaba mis estudios.

Ahí fue donde descubrí la falta de educación
sexual que existía en la población en general. Comprobé de primera mano la gran cantidad de tabúes y
prejuicios que hoy por hoy mantenemos en relación con la sexualidad y tomé la decisión de
especializarme en sexualidad.
Por suerte, a raíz de ahí tuve un gran apoyo externo que me animó a ser una sexblogger, y contar mis
conocimientos con el toque y carisma que me caracteriza.
Con respecto a mi personalidad “extraña” podría decir que soy una mujer ambiciosa, soñadora,
apasionada, intensa, con grandes inquietudes intelectuales, con altas dosis de locura e incluso de
impulsividad. Con cambios de humor casi domesticados, y un humor exquisitamente irónico y sarcástico.
Podría decir que, con procesador mental muy rápido, pero una memoria RAM deprimente.

Pero he
llegado a catalogar mi falta de memoria como un don que la naturaleza me regaló, ya que puedo olvidar
las cosas con bastante facilidad, lo que me hace inmensamente feliz.

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