El refugio del guerrero

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El refugio del guerrero


Es invierno, hace frío y empieza a oscurecer, creo que nevará esta noche así que encenderé la gran chimenea que preside el salón de la cabaña, redonda, hecha de piedra y arcilla, con tejado de paja e interior de madera, de una sola estancia, pequeña pero acogedora, con muebles austeros y donde destaca un gran lecho con dosel, también de madera oscura y cubierto con pieles.

Me pongo la capa y salgo a la parte trasera en busca de leña, hay poca actividad festiva en el pueblo desde que nuestros guerreros partieron a la batalla hace ya más de tres lunas y la preocupación empieza a aflorar en los ánimos de los que nos quedamos.

Recojo la leña, enciendo la chimenea y salgo de nuevo, esta vez hacia el río para llenar un recipiente con agua para el baño y la cena cuando, de pronto, oigo una voz que grita

– Han vuelto!Han vuelto!

Corro hacia el pueblo de nuevo con el corazón en puño, acelerada y nerviosa por la incertidumbre de no saber si tendré a mi guerrero de vuelta, pensando inconscientemente en sus manos, fuertes para la batalla y a la vez sensibles para las caricias; ansío tu mirada, intensa y hambrienta que despierta mis instintos más básicos.

Los gritos de alegría de los reencuentros se mezclan con los llantos de aquellos que que han perdido a alguien y yo te busco entre la gente, desesperándome por momentos pero, finalmente, nuestros ojos se encuentran y no puedo más que correr hacia ti y rodearte con mis brazos, fuertemente, para asegurarme de que es cierto que estás de vuelta, entero pero herido, cansado y sucio, pero contento por la victoria.

-Vamos a limpiarte esas heridas.

Te cojo de la mano y me dispongo a guiarte hacia la cabaña pero me coges de la cintura y aprietas tu cuerpo hacia el mio, susurrándome al oído:

-No sabes cuanto he extrañado tu cuerpo.

La piel de la nuca se me eriza y exhalo un leve suspiro entrecortado, beso suavemente tu cuello y tu boca mientras aflojo los cordones de mi camisa, dejando entrever más piel y provocando que tu mirada se desvíe al instante hacia la camisa, a la vez que cojo tu mano y la deslizo entre los cordones, permitiéndote palpar mis pezones, que te señalan desafiantes:

-Ellos te han extrañado también.

Me coges por las caderas y me levantas, yo te rodeo la cintura con mis piernas y, entre besos y caricias, me llevas a la cabaña, iluminada sólo por la luz del fuego que arde en la chimenea. Me recuestas en la mesa y ,de un plumazo, me arrancas la camisa, jugueteas con tu lengua en mis pechos a la vez que me quitas la falda, mientras yo voy despojándote de tu maltrecha ropa.

Tu excitación aumenta al contacto con mi mano, que te acaricia con movimientos suaves pero firmes, haciendo así que te endurezcas más y que deslices una de tus manos hacia mi centro, para comprobar como me voy humedeciendo a medida que tus dedos se adentran en mí, haciendo que mi cuerpo se arquee violentamente y provocándome un fuerte gemido.

Inmediatamente vuelves a alzarme de las caderas y me sientas en la encimera de la cocina, nuestros cuerpos se encajan y empiezan a moverse acompasados frenéticamente, con impaciencia, subo mis piernas hasta tu cuello y me coges los tobillos con las manos, me recuesto ligeramente hacia atrás acelerando la respiración y notando como te adentras en mi más profundamente, mis gemidos aumentan de manera exponencial y alcanzo el clímax con un grito ahogado; tú continúas unos minutos más moviéndote, ahora más suave, hasta exhalar un suspiro que señala la culminación de tu propósito.

Nos fundimos en un abrazo, me llevas hacia el lecho, me tumbas y te acuestas a mi lado, dispuesto a contarme todas esas historias que te has guardado durante el tiempo que has estado fuera.

– Espera, te limpiaré las heridas.

A continuación me visto, salgo a buscar el agua que no recogí antes y la pongo a calentar al fuego, tu te sientas en una silla frente a la chimenea y me relatas tus vivencias mientras yo empiezo a curar las magulladuras que cubren tu cuerpo aún desnudo.

Empiezo frotando el trapo húmedo por tu esplada, lentamente, y sigo por los brazos, cuello y torso, vuelvo a mojar el trapo, lo escurro y continúo por las piernas, arrodillada enfrente de ti, que sigues sentado con las piernas abiertas y ahora con expresión relajada.

Me levanto para volver a mojar el trapo y, en un roce de la mesa con mi pelvis, percibo que mi sed de ti no ha terminado aún y que necesito tenerte de nuevo, así que dejo el trapo y me doy la vuelta, dejando que mi falda caiga y mi camisa se deslice por mis hombros hasta el suelo.

Tu sigues allí sentado, con aquella mirada cómplice del que conoce cuál será el siguiente paso y esbozas una sonrisa.

Te llevo de nuevo al lecho de la mano, te tumbo boca arriba y me siento a horcajadas encima tuyo. Me introduzco dos dedos en la boca y los humedezco abundantemente con la lengua, mientras arqueo levemente el cuerpo hacia atrás y deslizo mis dedos mojados hacia abajo, recorriendo mi torso desnudo y dejando un rastro húmedo por donde pasa, bajando hasta mi refugio, aquel en el que tu lanza descansa y encuentra la paz después de la dura batalla.

Introduzco mis dedos repetidamente para preparar el terreno y estimulo mi botón de la felicidad mientras tu me observas desde abajo, te gusta mirar y a mi me encanta que lo hagas, así que alcanzo tu arma con la mano y la aprieto contra mi botón, moviendo mi mano arriba y abajo mientras ésta me va rozando, provocando en mi una oleada de calor intenso y dando paso a un río de placer que desemboca en tu ombligo.

– Déjame entrar – me susurras.

Entonces te incorporas y, sentado en el borde del lecho y apretando mis nalgas con las manos, te introduces en mí otra vez, con el arma totalmente cargada y ejerciendo movimientos suaves pero enérgicos, guiando con tus manos mi cuerpo para que te cabalgue hacia lo intangible, y permanecemos cabalgándonos mientras te araño ligeramente la espalda entre espasmos y gemidos.

Nos revolcamos por el lecho y, sin despegarnos, aterrizo de espaldas mientras tus embestidas se intensifican cada vez más, a la vez que tu ritmo cardíaco; yo enrosco mis piernas en tu cuerpo con fuerza y contraigo mis músculos pélvicos para ejercer más presión.

Y tú bajas el ritmo, entrando y saliendo de mí despacio pero profundamente, así es como me gusta notarte y tú lo sabes. De pronto mi espalda se arquea de nuevo en un espasmo y exhalo un grito:

– No pares ahora…

Tu aprovechas la ocasión para acelerar de nuevo y yo empezo a lamerte suavemente el cuello susurrántote al oído que sigas, que me gusta cómo lo haces.

Tu cuerpo se eriza con cada palabra susurrada y tu respiración se agita, a la vez que mis gemidos y nuestro momento llega, intenso, húmedo, intangible, etéreo… placentero hasta el extremo.

– Hace tiempo que necesitaba esto – dices tumbándote a mi lado y mirándome, ahora totalmente relajado.

Y yo te devuelvo la sonrisa, pensando en cuánto me gusta ser tu refugio, el refugio del guerrero…

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nora lasair

Tu….yo….un baño caliente y mucho tiempo libre por delante……

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