Deseo concedido

Deseo concedido


Tal vez Alberto no debería jurar ni pedir al Universo tan alocadamente. Lo comprobó una fría noche de verano, de esas en las que te acuerdas del momento en el que haces la maleta y te preguntas —¿Echo algo de abrigo? No, sólo le daría un paseo.

«Muerto de frío», sentado justo antes de la orilla, dejando caer alguna lágrima que otra mientras moqueaba e intentaba terminar su décima cerveza, levantó la cabeza lo justo para ver en el horizonte una estrella fugaz. Qué mal momento, o no, es ese para que el Universo te conceda un deseo.

Alberto estaba hundido. Su relación de doce años había terminado hace unos días, aunque él sabía que andaba moribunda hace más de un año.

Así que con esa predisposición, deseando que pasara todo aquel dolor, deseó aparecer en un futuro en el cual los hombres y mujeres se hubiesen despojado del amor. Una vida en la que las metas humanas no fueran más allá de lo material…

Quiso ir tan lejos, lo deseó tanto, tan fuerte, que inmediatamente después de observar aquella estrella fugaz, y pedir su deseo, una pequeña luz parpadeó ante sus ojos a modo de concesión. Él, ebrio por el alcohol y la tristeza, agarró su guitarra colocada a su lado derecho y comenzó a tocar una triste canción con la que poder seguir lamiéndose las heridas.

Estaba hipnotizado por su propia melodía. Iluminado únicamente por una preciosa luna llena de verano, en un pequeño silencio de su canción, escuchó una voz tan dulce como la miel que le dijo —¿Me dedicarías una canción a mí?

Asustado, sorprendido (se pensaba sólo en aquella playa a las cinco de la mañana) volvió a levantar su mirada y sus ojos encontraron una mujer de cabellos cortos, con un dorado que aparecía casi blanco bajo la luz de aquella preciosa luna llena, vestida con una toga blanca semi transparente, como salida de otro tiempo, de otro lugar.

Perplejo, no pudo articular palabra, sólo observarla, escanearla. Ella, sonriendo volvió a hablarle —Parece que te he asustado, mil disculpas. Escuché tu canción y decidí pasarme ¿Te molesta mi presencia?

Alberto se sacudió por un momento la hipnosis y respondió —No, no… Simplemente me ha sorprendido que siga alguien en la playa, creí estar sólo.

Entonces ella, volviendo a sonreír se sentó a su lado mientras dijo —No me gusta ver a nadie triste, eso es muy antiguo. Deseo tu cuerpo ¿Deseas tú el mío?

La sorpresa de Alberto ya no tenía ni nombre ni tamaño. Intentó razonar por un instante, pero su estado lo llevó rápidamente a una respuesta clara, una respuesta que no hizo parada en ningún lugar de su ser o de su cuerpo, simplemente dijo —Sí.

La mujer asintió y le dijo —Me gustaría seguir escuchándote tocar. Túmbate y continua, por favor. Y así lo hizo Alberto. Tumbado boca arriba, con su guitarra en el pecho comenzó a tocar.

Ella, suavemente le quitó el bañador y comenzó a lamérsela al ritmo que dictaba la canción. Su boca salivaba cada vez más, llevada por el placer, degustando, haciéndola casi suya. Él, en un trance cósmico, sentía aquella felación en cada parte de su cuerpo. Respiraba profundo, olvidándose del frío, sintiendo cómo aquella lengua recorría cada parte de su sexo, el calor del interior de aquella boca, tan rico, tan nuevo.

En un momento dado ella paró de lamer y chupar con dulzura la polla de Alberto, y comenzó a cantar con una voz muy dulce. Mientras, de cara a Alberto, se sentaba sobre su miembro erecto comenzando un vaivén con sus caderas que no dejaba espacio ni para el aire ni para el descanso.

Su voz, cada vez más intensa, se entrecortaba con jadeos, gemidos de placer. Colocó las manos de Alberto en sus caderas como pidiendo ayuda en su ritmo, ritmo que cada vez era más intenso. Alberto la miraba absorto, apreciando el movimiento de sus pechos, de su cabeza.

Entonces ella llevó la canción hasta su final y, como en el momento más álgido de una canción, gritó de placer mientras el orgasmo iluminó su cuerpo de una luz blanca y radiante.

Aquella luz invadió el cuerpo tumbado de Alberto que, sin cerrar los ojos, atónito por lo que estaba viendo, llegó también al orgasmo en el interior de ella, convirtiéndose entonces aquella luz blanca en un crisol de colores alternativos y brillantes…

Cuando cesó todo, Alberto tumbó sus brazos en la arena. Ella, sonriendo se acercó a su oído para susurrarle —Duerme Alberto, duerme. Y así lo hizo él, no porque quisiese, sino por la intensidad que había vivido anteriormente.

Al despertar, la luz del día lo invadía todo y Alberto pensó haberlo soñado todo, pero… había en él un pequeño arañazo, cerca de su pubis. Lo observó, sonrió, y pensó que toda aquella pena se había marchado de la misma manera que había llegado, sin darse cuenta.

Tal vez se la llevó, tal vez la Luna quiso calmar su llanto, tal vez.

 

Fotografía de: Deviantart

 

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Quizás aún no sea tarde para el ser humano.
Tal vez logremos, a base de caricias, gemidos y jadeos, romper todas las cadenas que nos encierran.

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